domingo 9 de enero de 2011

Capítulo III [o un retrato de la Bogotá de alcurnia] (Biblioteca)

-No viniste a la misa por tu hermano, mijo.
-No pude, mamá. De veras. No podía.
-Nunca puedes, mijo. Allá tú: te perdiste de una misa lindísima. Monseñor Boterito estuvo inspiradísimo.
-No diga eso, Leonor. Eso es sacrilegio -carraspeó monseñor Boterito Jaramillo-. La Santa Misa es la palabra divina, no me la inventé yo. Qué más quisiera.
-No estoy hablando de la misa -aclaró doña Leonor- sino del sermón. La misa es siempre igual. Me la sé de memorioa.
-¡Leonor!- reprochó monseñor Boterito Jaramillo con voz cavernosa. Parecía que se le fuera a rasgar la garganta de un momento a otro. Escobar se esforzaba por no carraspear involuntariamente, como si el canceroso fuera él.
-En latín, claro- siguió doña Leonor. Y le explicó a Escobar-. Tú sabes que monseñor Boterito me consiguió una dispensa especial del Papa para oír misa en latín. En español me suena de una ordinariez...
-¡Leonorcita!- rió monseñor Boterito Jaramillo, con una risa pedregosa, angustiosa. Ernestico Espinosa intervino:
-Eso de la misa en lengua vernacular es una pendejada, monseñor, reconózcalo. La misa la debían hacer en inglés, que es lo que habla todo el mundo.
-Yo no hablo inglés- dijo Escobar, glacial.
-Pero es que tú tampoco vas a misa, viejito- rió Ernestico Espinosa, ruidosamente. Reía con dientes blancos, perfectos, de dentista.
-Inspiradísimo, Ricardo, con su necrología- afirmó monseñor Boterito Jaramillo.
-Ni-ninguna ne-necrología- corrigió Ricardito. Era una ne-nenia.
-¿Una qué?
-Ne-ne-ne-nenia. Una nenia. Una pendejada -aclaró Ricardito con una sonrisa entristecida, en un murmullo.
-¿Por qué no almorzamos? -sugirió Escobar.
[...]
Doña Leonor ocupó la cabecera, entre monseñor y Ricardito Patiño. El cardiólogo le sostuvo la silla. Monseñor bendijo la larga mesa fantasmal, amortajada en su mantel de lino, donde hubieran cabido veinticautro personas. En su centro, un titán labrado en plata sostenía en sus espaldas un enorme frutero cargado de racimos de bacantes desnudas, como un burdel flotante. En la punta habitada de la mesa relucían cristales, los cubiertos de plata, las alta copas talladas de sorbete de guanábana. Una sirvienta nueva, rolliza y colorada y joven que Escobar no conocía, servía la mesa, deslizándose en silencio entre los muebles de caoba ennegrecida por el tiempo.
-Primero a monseñor -le advirtió con severidad doña Leonor cuando le ofreció la fuente humeante de gnocchis, y la joven sirvienta se ruborizó de golpe-. No aprenden. Ya no quedan sirvientas.

(Antonio Caballero. Sin remedio. Bogotá: Seix-Barral, 1996.

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