sábado 16 de octubre de 2010

Yo no quisiera escribir un post por mes

No quisiera, es cierto. Pero también es cierto que mi vida en los últimos meses ha dado un vuelco increíble. Voy a echar un par de cursis parrafadas.

Vengo de una familia de académicos. Mi padre fue profesor universitario toda la vida; dos de sus hermanos también; dos de mi primos. Todos en una misma universidad, en la misma en la que me crié, jugué, aprendí a montar bici y estudié. Es la misma en la que trabajo, porque sí, porque es también mi casa y mi refugio. Crecer en un ambiente académico tiene muchas ventajas: hay muchos libros, uno los manosea y los tiene a disposición siempre que quiera; además, los papás de uno están preocupados porque uno lea: le leen, le compran libros, le hacen libros en blanco para que uno escriba. Por eso termina uno estudiando literatura y trabajando en edición de libros.
Uno va al laboratorio del papá a jugar con reactivos y a ver hormigas en los microscopios, también va a las salidas de campo a recoger matas: tiene un poco del mundo del afuera, del bosque, de los cultivos, y también de ese mundo más autorreferencial que es el ejercicio de producir conocimiento. Por ende, lo más valorado en mi casa, en mi familia, en mi cabeza es "la inteligencia", entiéndase por ella la capacidad de absorber, comprender, reproducir y producir el tipo de conocimiento que se aprende en la escuela. Sacar cincos, estar en boca de los profesores, ser recomendado y reconocido por ser buen lector, por escribir bien, por esforzarse es lo más deseable, lo que es aprobado como bueno. Es lo que se desea de un hijo, que sea "inteligente": ser inteligente es ser exitoso, ser una "luminaria", una "luz" (al mejor estilo de las metáforas románticas sobre el arte).

Vivo de la academia; soy "buena" porque siempre viví en ella, porque medianamente sé cómo funciona, y también porque me esforcé siempre por destacarme. Pero, y aunque soy la rebelde de la familia, ese esfuerzo hizo que otras habilidades de mi ser se durmieran. O tal vez no las precisaba porque vivía en ese entorno y temperatura ideal que es la universidad. Tenía buenas notas, unos papás contentos, una relación que medio andaba, unos amigos con los qué salir, y los problemas que tuviera conmigo misma estaban siempre en el último lugar de lo que había que hacer; mi incomodidad con mi entorno era inmodificable, pensaba yo, y por eso nunca había siquiera contemplado la posibilidad de hacer algo al respecto. Hasta que la temperatura ideal se fue enfriando, mi familia se fue disgregando y yo me fui dando cuenta de cómo funcionaban ciertas cosas. Descubrí, por ejemplo, que el modelo de familia en el que me había criado era el más conservador del mundo, y que por "familia" entendían, un hombre dominante, una mujer tal vez más activa que el promedio de esposas de hogar godo, y unos hijos que son exactamente lo que sus padres quisieron que fueran. Y yo no puedo y no quiero ser lo que mis padres soñaron que fuera. Y esa inteligencia académica no me servía para tomar buenas decisiones vitales. Por andar concentrada en mi reconocimiento farandulero me descuidé a mí misma: tal vez tenía que pasar por ciertas cosas antes de darme cuenta de que yo podía tomar decisiones, es decir, cambiar qué estaba viviendo y cómo lo estaba viviendo.


Puedo recordar, eso sí, grandes novelas de educación sentimental. En buena parte, estoy recibiendo una dosis apresurada de esa educación, y de la otra (esa de los Bildungsroman). He tenido que enfrentarme con mis miedos, con el dolor que me produce irme de la casa, con el confort y la falsa tranquilidad que genera no tener que sostener una casa. Digo falsa porque siento que he pagado un precio muy caro por vivir acá: haber tenido que ocultarme, que callarme y que aceptar sin más unas reglas con las que era difícil vivir. Me di cuenta, a los totazos, que soy yo la única que puede cambiar la forma en la que vive y en la que percibe el entorno. Yo siempre me quejé de ser poco introspectiva; al parecer al principio fue falta de palabras para describir qué estaba mal. Después fue exceso de palabras y falta de acciones. Y así desembocamos en esto.
Tampoco es fácil reconocer que es el momento de irse, pero así es, y hoy, obviamente, ya puedo mirar mi espacio con los ojos del que se va. Habrá cosas que se queden, sí. Al gato, los discos, los libros, mis cuadernos de notas, el tocadiscos y los elepés, me los llevo a vivir con mi chica. Ahora sí que me ganaré el pan con el sudor de la frente. Estoy feliz. Wish me luck.

8 comentarios:

E dijo...

luck

Emi_Sur dijo...

T: exitos, suerte necesitan aquellos que de liz, solo la boleta del servicio.
Es facil la convivencia si hay amor...creame.

Un beso

BO dijo...

mucha suerteeeeeeeeee¡¡¡ pero cantidades enormes¡¡

Cali dijo...

suerte, toda la suerte y las ganas del mundo para hacer y seguir lo que realmente se quiere... T vuelvo a leerte

Pi dijo...

hom´mmeee.. que se me acabó el blog.. y ahora me toca trabajar (cómo se hace la cara de un morraquito enfadado?)...

y bueno, ahora te conozco un poco más que lo que nuestro curso de inglés y las dos visitas rápidas permitían.


Buena vida!.

T. dijo...

E: ¡gracias!
Emi_sur: Hasta ahora todo ha sido un hit. Yo creo que en las cosas hechas con amor, así que vamos por buen camino. ¡Gracias por los buenos deseos! Un abrazo.
BO: ¡Hey! ¡Qué bueno verte por acá! ¡Gracias! :D
Cali: Y un placer que vuelvas a esta casa. Digamos que esta vez estoy siendo completamente consecuente con quien soy y con lo que creo.
Pi: ¡Pero tranquila que hay más! Yo también creo que te conozco un poco más de lo que el recuerdo me dejaba y de las siete frases que cruzamos. Desde acá toda la vibra y el cariño para esa nueva ciudad que vas a pisar. No te pierdas, que yo no dejo que nos perdamos. Un abrazote.

Ana Isabel dijo...

Alabo tu valentía y tu decisión de cambiar tu vida y caminar hacia tus sueños...

Suerte..

T. dijo...

A. I. ¡Gracias por los buenos deseos! Hay cosas por las que vale la pena luchar.