Yo era de esas personas que se ufanaban de nunca haber sido robadas. O es mi despertar al mundo adulto, o la ciudad está vuelta mierda. Uno aprende mañas viviendo en Bogotá. Una tarde E. y yo charlábamos afablemente en un bus al que se subió a una extranjera (era a todas luces una extranjera con pinta de "estoy en suramérica"). A los cinco minutos la señora que estaba al lado le estaba recomendando quitarse las joyas, que eran muy vistosas, porque seguro, seguro la iban a atracar. "Está dando papaya", "a esa mona le bajan todo lo que tiene ahí puesto", me acuerdo que le dije a E. Uno aprende a mirar para atrás, a no tomar buses que estén muy vacíos, a no caminar de noche por ahí, a desconfiar del que va caminando al lado de uno; a cruzarse de acera, a no andar con elementos muy vistosos (esta es una de las muchas razones por las cuales no tengo Blackberry ni nada de esos aparatos).
Hace dos meses, E. y yo decidimos salir a tomar cerveza. Habíamos ido a una funesta función de pseudoteatro y habíamos quedado aburridas. Era lunes santo: la ciudad, obviamente, desierta. Salimos del bar a la una de la mañana, después de una charla amorosa sobre el rock y la vida en general. Sugerí tomar un taxi, pero estábamos tan cerca de su casa. Dos cuadras después, dos tipos salieron de la nada, nos amenazaron con lo que parecía ser un puñal y nos despojaron de nuestros teléfonos móviles. Oh irresponsabilidad, oh susto, oh de todo. En nuestra defensa debe decirse que nuestros atracadores estaban más nerviosos que nosotras. Después de eso, prometimos ser más cuidadosas, porque Bogotá está pesada: cuando conté la historia, tres de cada cinco personas con las que hablaba me dijeron que habían sido atracadas hacía un mes o menos. Hay una campaña que busca que los extranjeros dejen de percibir a Colombia como un destino inseguro. Donde dice "el riesgo es que te quieras quedar" deberían agregar "sin efectos personales".
Ayer me atracaron de nuevo. Salía de mi curso de francés (porque si uno quiere hablar más lenguas que el papa tiene que ir a clase) rumbo a casa de E. Dudé mucho cuál de las dos rutas posibles agarrar (estaba más o menos a veinte cuadras de su hogar, mi refugio). Escogí la que me quedaba más cerca, pero la que a esa hora (9:00 pm) está más sola. No hubo problema al caminar, y tomé el primer bus que vi. Estaba un poco solo, sí, pero no era tan grave. Me puse a mirar a mis compañeros de ruta y sólo por las caras tres me parecieron "malucos". Pero uno no debe hacer alarde de sus prejuicios. De repente, vi que uno de ellos sacó un puñal de ¿sus calzones? y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta de cuero. Me di cuenta, también, y a mala hora, de que venían todos juntos, y de que, además, la mujer que estaba justo adelante mío estaba con ellos. Nos acercábamos a mi destino (faltaban seis cuadras para llegar). Pensé en bajarme del bus, pero resultaba, a todas luces, la peor opción. ¿Qué tal si me seguían? Yo no tenía dinero para darles, y "fijo fijo me chuzan por no tener plata", porque así son las cosas. Decidí quedarme en el bus. Se pararon los cuatro, como para bajarse, y uno de los que estaba en las sillas de adelante sacó una pistola. Yo nunca había visto una en acción. Era plateada y de mango negro. El del puñal se sentó al lado de un oficinista que tenía cadenas y un reloj dorado. El conductor del bus, al darse cuenta del atraco, intentó cerrar las puertas de su malhadado vehículo. Los buses en Bogotá no tienen la cabina del conductor a la vista. De tanto robo, presumo, ellos decidieron hacer una cabina aparte, de metal y con un vidrio por donde reciben el dinero del pago del pasaje. El hombre de la pistola empezó a pegarle al vidrio de la cabina del conductor con la cacha del arma. El conductor se asustó y les abrió. Yo no sé por qué me paré de mi asiento, como si me fuera a bajar, tal vez porque hacía unos minutos se me había pasado por la cabeza. Mejor dicho: mi cuerpo se paró de la silla. El que cuidaba la puerta de salida me dijo algo así como "ni intente salirse o se gana un pepazo en la cabeza". Yo me senté de nuevo. El de la pistola estaba atracando a un tipo que estaba adelante. Cuando terminaron, el del arma bajó un escalón de los de la puerta de descenso, me apuntó con la pistola y me pidió el celular. Hacía unos minutos le había mandado un mensaje a E. Cuando lo entregué alcancé a verlo en la pantalla. Los tipos se bajaron y a mí se me escurrieron dos lágrimas.
Es obvio que va mucho más allá del teléfono, pensaba yo, mientras uno de mis compañeros de infortunio llamaba a la policía, confiado en que la seguridad y el orden existen en este país. Son décadas de miseria y falta de oportunidades, de vicios culturales y sociales. En Colombia queremos ser ricos rápido, queremos vivir como reyes, como capos. No nos importa a quién tengamos que pisar, amenazar, matar, desaparecer, comprar. Gana el que sea más vivo, el que no se deje, el que se compre un fierro para ganársela fácil o para "andar más seguro", "porque aquí uno no se puede dejar de nadie". Pero es igual de estúpido pensar que todo aquel que roba es un vago que no quiere trabajar. En Colombia no hay trabajo, no hay garantías, no hay estímulos. El empleo informal y las remesas de otros países son las dos principales fuentes de ingreso. Y después no pregunten por qué nos comparan con Sierra León.
Los bobos, como yo, tenemos que resguardarnos. Tenemos que empezar a coartarnos a nosotros mismos para "estar tranquilos". No salir, no subirse en, no decir, no quejarse, ni siquiera pedir ayuda es "cuidarse". No andar con plata pero tampoco andar sin plata. No tener reloj vistoso. No andar con el ipod o el mp3 por ahí a la vista. Ocultar el celular cuando lo tenga que sacar en público. No hablar de política en sitios con mucha gente. Cuidarse del vecino de puesto del bus, del que está detrás en la fila del banco, del cartero, del que viene a revisar la conexión del servicio de agua. Hay que cuidarse de los conocidos, de los amigos, de los familiares, de la gente que está con uno en el bar. Ponerle un candado a la maleta. Y, lo más importante, saber siempre que si lo roban no es culpa del otro, sino de uno por idiota, por andar a las nueve de la noche en la calle, cuando debería estar en su casa mirando a la calle detrás de su ventana con rejas.
La policía, claro, no llegó. ¿Cómo iban a llegar si hay empanaditas con gaseosa tan buenas, tan buenas? Debimos haberlos buscado en alguna cafetería. O detrás de algún árbol esperando a un infractor. O, quizás, estaban muy ocupados en una caravana presidencial, o de ministros, o generales, o senadores, o gente importante, brindándole seguridad a los que de veras la necesitan (¿es que yo no estoy amenazada?, ¿no merezco ser protegida?, ¿acaso lo que me pasó ayer, o hace dos meses, no es un ultraje?).
El bus arrancó de nuevo. Llegué a mi refugio. Mi novia me oyó llorar y maldecir. Después me dio un té con catnip que me dejó en estado de trance.
miércoles 9 de junio de 2010
Cero y van dos
Puse este post en Colombia y yo, Cosas MUY serias, pseudocrónicas, Volando de la ira
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5 comentarios:
que es catnip?
existe una invitacion a cierta personita a venir a vivir acá
claro que se hace extensiva y la cubren a usted
se que el mundo es cada vez mas feito, pero si la silla tiene clavos, dice mi abuela, hay que pararse.
Hermoso es como lee usted.
vaya ejercicio amalgamar lo lindo de su decir con lo duro que es lo que dice...
hemos tenido de esos tiempos por aquí y curiosamente, pese a que estos parajes no son tranquilos, han mejorado algo, pero los medios insisten en hacer hincapié en el miedo poniendo el foco en lo que está mal.
contrastes...
paisaje de toda esta tierra.
qué bueno que haya refugios.
abrazos, querida T.
cro que me muero si me pasa algo asi.. ¿Estás bien ya? Besos.
La voz: He estado usando su imagen de "la silla con clavos" para más de una situación. De hecho, está a punto de convertirse en una de las imágenes cotidianas preferidas. Mil gracias por la invitación. Su ciudad es preciosa, sería muy rico poder visitarla pronto.
PD: sobre el catnip: http://en.wikipedia.org/wiki/Nepeta_cataria
Butchdog: Muchas gracias. ¡Bienvenida!
Arha: Usted es muy amable conmigo, mi querida. Créame que yo nunca me había sentido tan desprotegida en una ciudad; ni siquiera cuando volví a vivir en Bogotá después de habitar un tiempo por sus parajes. Es horrible vivir con tanto miedo. Y eso que la cosa en Colombia nunca ha sido muy sabrosa que digamos.
Exitus: Gracias por la preocupación. Estoy sólo paranoica, pero de pronto eso sea una virtud por estos días. Un abrazo.
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