lunes 19 de octubre de 2009

Es que uno nunca deja de ser niño

Obvio, si yo hubiera estado en esa estación ese día (poco probable, pero bueno), me hubiera quedado armando una canción boba, entretenidísima. Y es que uno nunca deja de ser niño, de jugar, ni siquiera los grandes y muy importantes dejan de jugar con los clips del escritorio de la oficina, con el borde del vaso del café.

miércoles 14 de octubre de 2009

"Ah, ¿y es por eso que no te gustan ni los tacones ni pintarte la boca?"

Fue lo que dijo mi madre cuando le conté que me gustaban las mujeres.

"Me gané el veinte, pues". Y se rio.

martes 6 de octubre de 2009

Cumplimos diez mil (o esas cosas que no me imaginaba)

Abrir un blog. No saber qué escribir. Tomar fotos y decir tres bobadas. Ir construyendo un tonito, una voz, unos cuantos temas a los que se saluda como a los viejos vecinos. Mil carreras en bici por las cercanías de la casa. El roce de una mano. Una voz que decía que no era mala idea que yo abriera un blog. Las incertidumbres de todos los inicios. Cosas que ya no recordaba haber dicho. Otra voz que me decía "¡pero lea su blog!, mire todo lo que le ha pasado".

Y sí. Y no. Diez mil es un número grande. De diez mil es un billete con el que se pagan dos trayectos más o menos cortos en taxi en Bogotá. Diez mil pesos me daban hace diez años y me alcanzaban para comprar comida en todos los recreos del colegio durante dos semanas. Diez mil ex-paramilitares han reincidido en actividades ilícitas desde que se desmovilizaron. Al parecer se me han pasado diez mil llamadas al celular en lo corrido del año. Diez mil veces he dicho "ya me gradúo". Y de diez mil en diez mil se va abriendo trocha.

Quién sabe cuántos posts sumen diez mil palabras, pero si ya llegamos hasta acá, no hay razón para dejar de escribir.

A todas y todos los que pinchan esta página: gracias. Me he topado con lo más selecto de los comentadores de blogs. Son ustedes muy divertidas y divertidos. Y es que si no entran, no hay por qué celebrar diez mil entradas a este sitio (y ustedes saben, a todos nos gusta parrandear por algo).


miércoles 30 de septiembre de 2009

Amor a primera vista (Biblioteca)

Como doña Szymborska es puro sabor, va este poema

Amor a primera vista


Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

(Wislawa Szymborska, "Fin y principio")

domingo 27 de septiembre de 2009

Uno siempre escoge (o el post de los hombres)

Las heterosexuales y los hombres; las lesbianas y los hombres; las bisexuales y los hombres; las eternas indecisas y los hombres. A primera vista pareciera que la relación con ellos, dentro del espectro diverso, es turbia y tensa.


A varias conocidas, parejas, les he escuchado que sus relaciones no son como las de los hombres con las mujeres. Que no se tratan entre ellas como las tratan los hombres. Y me quedo pensando: uno hace cosas dignas del más vil de los machos trogloditas. O las piensa. O las hizo. O está en riesgo de hacerlo. No somos tan nobles, no somos tan tranquilas. Sí creo, en todo caso, y creo por lo que he visto y sentido, que las relaciones entre mujeres tienen un plus, tienen algo diferente. Obvio, sí, son dos mujeres. Pero de ahí se desprenden una serie de sutilezas, tipo “no siempre soy yo la que la pasa a buscar; la que espera; no siempre soy yo la que la abraza por las noches; no siempre soy yo la que se encarga de las mismas tareas; no siempre soy yo la figura que da tranquilidad; no hay una figura de autoridad y protección; nos la damos juntas, por partes iguales; no hay nada dado por hecho”.


Hay quienes dejaron de tener amigos hombres. Otras los desprecian porque los creen simios huecos que orinan siempre por fuera de la taza o seres hormonados que olvidan el mundo por un par de tetas que pasan. Cabe decir que en muchos casos la chica que no gusta del sexo masculino, en ninguna acepción del verbo “gustar”, puede tener razón. Y de un piropo ofensivo en adelante, cualquier cosa puede aumentar los niveles de intolerancia. Yo sigo teniendo amigos, sigo hablando con hombres y aquellos, pocos, sí, son cada vez menos los que quedan, son sensibles y, para qué pero se puede hablar con ellos. No les tengan miedo, chicas. ¿Quién no se ha enloquecido con una cara linda, un lindo trasero, pregunto yo? Que tire la primera piedra.


Pero este post no era una defensa del sexo masculino. Sigo creyendo que la mayoría de los hombres que entablan algún tipo de relación con uno, que lo buscan y lo “cuidan”, quieren cuento. Luego se dan cuenta de que no, y dejan de llamar o de pasar, o lo que sea. No conozco un solo caso en el cual una relación de amigos haya permanecido tan "firme" después de la “notificación”, léase el “tan lindo, pero es que tú no eres lo que me a mí me gusta”. Y digo, en casos en los que nuestra chica creyera efectivamente que era una buena amistad, cultivada, sin mucho viso de echada de perros.


Pero hay algo con el referente “hombre”. Con el status de feminidad que otorga que un hombre se fije en una mujer, cualquiera que ella sea, sea lo que sea que a ella le guste. En una charla reciente, una chica me decía que había intentado tener algo con hombres después de un par de chascos con las bien amadas. Era algo así como una revancha; le quería cobrar a las mujeres todo lo mal que le habían hecho pasar. Quería probarse que todavía podía “levantarse tipos” (conquistar hombres). Lo más importante: podía confirmar que seguía siendo “mujer” para ellos, es decir, atractiva, pero no sólo para ellos, sino para ella también: para la humanidad. Para traerlo acá a estos pagos, confieso que hice esa jugada también (hace tiempo, menos mal), y no hay día en que no me deje de arrepentir -las consecuencias fueron más o menos horribles para mi relación-. No me sentía tan “mujer”. Y fui a ver si me levantaba un tipo.

Ahora me hace sacar una sonrisa la historia, pero seguirá siendo nefasta. Es como si sólo con un referente realmente “calificado” se pudiera uno probar que “todavía funciona”, que no se ha corrompido tanto de tanto andar del otro lado de la acera, donde ¿lo lindo que uno sea no importa?


¿Qué es lo que pasa ahí? Y es que no es la primera vez que me encuentro con una de estas maniobras de “me voy a probar que todavía soy ‘mujer’ ”, es decir, voy a levantarme a un man. Está mi triste historia y está la de otro par de chicas. ¿Otra mujer no es un juez de feminidad sólo porque te puede aceptar con un gordito aquí, otro allá o si no tienes lindas piernas, etcétera, etcétera? (Te querrá más si tienes lindas piernas, seguro). Es una cuestión cultural, como todo, sí. Ante lo raro, ante lo que me exige inventar, dar nombres, jugar, vuelvo a lo establecido. La recurrencia de historias me tenía perpleja. Y no eran las historias, eran los términos en que se contaban.


Alguien con toda razón puede argumentar que estas historias hacen parte de los trastabilleos propios de todo acomodamiento en un sitio. Que mi círculo es todavía joven como para haberse acoplado a gusto. Pero es eso y un poquito más. Es que incluso estando acomodadas, hay casos en los que se sigue buscando una aprobación que se sabe, silenciosamente, con miedo, que no funciona; que no es. Pero se acude a ella como certeza en vez de tomarse el trabajo de construirla. Quizá ni siquiera se concibe que se pueda construir algo.

Quizá uno no se da cuenta de que siempre tiene que construir, sea lo que sea que haga. Y que también puede escoger los materiales con los que construye. Y no va solamente para las mujeres que buscan tipos para sentirse más mujeres, sino para todos aquellos que deciden meterse en la vacaloca de una relación, o para los que se devanan los sesos pensando “qué pasó”; o los que están felices solos. Va también un poquito más allá de la zona amorosa de la vida, pero no es un grito anárquico anti-convención.


Después del par de corrientazos de las historias que he escuchado esta semana esto es todo lo que puedo concluir: hay que poner la luz encima de lo cómodo que uno se siente a veces jugando con los roles amorosos, políticos, fraternales preestablecidos (“no funciona mi Estado pero yo no puedo decidir”; “la mujer es débil y debe ser protegida y atendida por el hombre, todopoderoso, más grande y más fuerte” -en este caso, me decía la chica, ha visto disminuir la capacidad de acción, de decisión y de compromiso que su amiga tenía cuando no tenía novio sino novia-). Ver si en realidad funciona, o uno cree que debe funcionar solito porque se acomodó a lo que ya existía, eso que hiede a lugar común: lesbianas que a fuerza de costumbre dejaron de ser mujeres; viejos que a fuerza de ser "los abuelos" perdieron toda voluntad de expresar que aún son agentes de deseo; políticos que se vendieron a la marea del mercado del escaño; hijos que a fuerza de golpes aprendieron a ser devotos de sus padres; mujeres que por estar con hombres se volvieron brutas e incapaces; hombres dominantes, que al jugar a proteger restringen las tomas de decisión de sus parejas. Uno escoge, uno siempre escoge lo que quiere.

viernes 18 de septiembre de 2009

Tania Bruguera o el arte inteligente



Hace tres semanas la Universidad Nacional de Colombia organizó, en conjunto con el Instituto hemisférico de performance y política y el Ministerio de Cultura un encuentro de discusión y debate de las prácticas performáticas. Durante los días en los que se realizó el encuentro hubo de todo en el campus. Hombre de traje parado en medio de la plaza central gritando “Yo soy un hombre normal”; conferencias de grandes y medianos artistas. Debates sobre las fronteras del performance en Colombia. Mucho sol. Mucha gente vestida raro, mucho artista wanna be jugando a hacerse el diferente. Eso y cocaína.


Valga decir que no asistí a ninguna de los eventos programados, no porque el performance no me interese, pero casi. Apenas me parece curioso. Lo presumo como una práctica inteligente por lo efímera. Y por lo efímera hace que pierda interés en ella. Tendré un gusto muy clásico, pero me atrae más esa idea de la de obra de arte que nunca se acaba; en la que cada nueva aproximación provoque algo. En la que todas las fuerzas emotivas y mentales tengan que ponerse en funcionamiento. Esto no quiere decir que siempre busque un arte que rete; antes, un arte que rete sin sentir que uno está siendo retado. Me gusta esa imagen clichesuda del “abandono de uno mismo” para encontrarse con uno mismo en ese espacio cerrado y único de la obra de arte. Para dejarla tranquila y luego volverla a ver. Disfruto también de lo que está hecho para acabarse, como un paquetito de papas fritas, pero no es lo mismo, no me "toca" tanto.


Un performance es limitado. Está pensado para serlo. De hecho, funciona como un anti-arte. Es un no-arte. Los medios que se usan en los performances tienen un poco de todo. Un poco de puesta en escena, un poco de danza, un poco de música, un poco de video. Sus materiales lo conforman y no, pues pueden despedazarse, romperse, inhalarse. El performance, como una buena parte de las prácticas artísticas del siglo veinte es una práctica del gesto. Gesto de hacer cuadrados de colores en el lienzo; gesto de la Marilyn mil veces reproducida. Gesto de ese artista plástico que envolvía los grandes monumentos de la cultura gringa y occidental en plástico (Christo). Ese gesto choquea a los espectadores; los espectadores son integrados en el gesto. Y quien termina formando parte del performance nunca fue compelido a ello. Pero el gesto sucede en el tiempo, como la música. Después de que sucede ¿es como si no hubiera sucedido nada? Sí y no. El arte puede cambiar a la gente tanto como no puede; muchos de nosotros conocemos personas que se volvieron más mezquinas y ruines entre más leyeron y más cultas se volvieron. Pero no era eso a lo que iba. A diferencia de la música, nunca iría a ver una cinta que recopilara performances como sí vuelvo a poner esa canción; como sí busco ese scherzo para oírlo (si hablamos en los términos de la gran cultura). Y si he estado involucrada en un par de performances ha sido mero azar, aunque azar afortunado.


Pero era la palabra “Cocaína” la que me estaba empujando a escribir, que este texto versa sobre un escándalo y no sobre los alcances del gesto artístico.


"Tania Bruguera". Al que no le suene quién es y le guste el performance tiene el gusto chiviado. Yo, chiviada, me enteré de que era una artista, y una artista polémica, recién pasó todo. Supe que en la Bienal de Venecia había jugado a la ruleta rusa con una pistola. Y supe que en el performance en la Universidad Nacional había organizado una suerte de conversatorio con víctimas y victimarios de la violencia. Las fuentes son contradictorias en decir si en efecto eran víctimas y victimarios o actores que se hacían pasar por ellos. Esto cambia significativamente el gesto. El performance-conversatorio avanzaba con el tedio profundo de quienes ya no se aguantan que hable un paramilitar más, un guerrillero más, una víctima más. De pronto, aparecen tres bandejas con líneas de coca. “Me dijeron que además de todo era re-fina”, contaba D. Hasta ahí llegó el conversatorio. Al son de la coca algunos invitados esnifaron. Tanto, que se acabaron las bandejas. ¿Alguien se acordó de los victimarios, de las víctimas?


No podría decir con exactitud qué pasó. Las versiones son encontradas. Las autoridades oficiales dicen que el performance se canceló. Otros dicen que simplemente se disolvió porque se acabó la nieve. Unos dicen que mucha gente se salió “indignada” del recinto. Otros, que la gente olió aprovechando que era gratis. Y se abre entonces la polémica. Cocaína en una muestra de arte dentro de una institución académica. Que los artistas son todos drogadictos. “Que estaban repartiendo coca en medio de una obra de teatro”, leí en los comentarios virtuales sobre la noticia en un periódico de acá. Cuando entrevistaron a la ministra de educación al respecto dijo que le parecía “raro”, pues usualmente la venta y el consumo de estupefacientes se hacía de forma clandestina, y en bajas dosis. En suma, parece que nadie sabe de qué se está hablando.


Tampoco sabría decir si lo que hizo Bruguera es “correcto” o no. Trae líos legales, sí, porque incitó al consumo dentro de una institución que no lo tiene permitido. Las autoridades colombianas amenazaron con mandarla a la cárcel. Pero como esto es Colombia, y ella es Tania Bruguera, ya nos olvidamos del asunto. En cuanto gesto me parece brillante, más allá de que su fama como “artista” la haga a través de los escándalos que estos gestos generan (lo mismo podría decirse del difunto desfigurado Michael Jackson, y qué hay de malo en ello). Y me parece brillante porque la reacción de nuestra criolla audiencia es sintomática de nuestra cultura, casi como de resultado esperado de laboratorio. Se supone que el conflicto armado colombiano es producido por el narcotráfico. Se supone, además, que los colombianos de bien son sensibles ante el dolor de las víctimas (especialmente si son secuestrados). Y que aquí nadie consume, que todo lo que se produce se consume afuera.


El gesto de Bruguera es brillante porque sin decir ni una sola palabra, incluso poniendo figuras “de mentiras”, alegorías del conflicto, derrumba el supuesto. Acá sí consumimos. Sí vendemos nuestro dolor al primer goce gratis que se nos atraviese, y nos da vergüenza sólo cuando salimos oliendo en el noticiero. Le echamos la culpa a ella, qué duda cabe, ella fue la que llevó la coca. Pensamos que con las lucecitas bajas nadie nos iba a ver la cara inclinándose torpemente hacia la bandeja de vidrio mientras en el fondo alguien contaba una historia que no nos interesa. Nos quejamos como plañideras pagas por una guerra que pensamos unilateral, de un solo agresor, y la coca más fina y más barata nos "traiciona", porque nosotros no nos traicionamos a nosotros mismos.


El gesto es inteligente porque hace estallar el síntoma, y deja libre al artista, que se va a otro lado a armar otro problema.

martes 8 de septiembre de 2009

Señales

Una chica se me sienta al lado en una fiesta. Antes, me había oído hablar algo sobre fútbol (mi única referencia erudita desde hace meses). Teníamos compañeras y conocidas en común. Le ofrezco cerveza, reímos un rato. Recuerdo su nombre porque es peculiar. Hay opiniones encontradas acerca de si es linda o no tan linda. A mí me pareció bonita, pero no le puse cuidado: la verdad no es mucho lo que pueda recordar; aparte de que tenía puestos los tequilas no tenía puestas las gafas. La noche negra, la vaca negra y yo que no veo. Ella estaba sola, lejos, en el otro rincón de la sala; yo departía en un grupo. Le hice una seña para que se sentara con nosotros. Fue amable. Hasta ahí.

Días después, B. me acusó de haberle coqueteado a la chica. Anoche, J., que estaba en el grupo de esa dichosa noche, me decía "T., pero esa niña sí que te echó el ojo". "Se te sentó al lado, te hizo la charla, y cómo te miraba". Yo sigo inocente. Le digo "pero si yo le dije que se sentara". "No. Ella se te sentó al lado". Y me siento como en una charla de tercero de primaria. "Fulanito te miró". "No". "Sí". "No". Le pregunto de nuevo. Me dice, "pero mira, si tiene todo el perfil". Enumera, y el resultado es que conozco tantas chicas que hacen lo que esta chica hace y son tortas como tantas otras que no lo son. Le puse los ejemplos pero no me creyó. "Te estaba cayendo". Me pongo a pensar (estas cosas son importantes). Si tienen razón B. y J., mi radar no la registró y por lo tanto aquello que fue leído como flirteo nunca lo fue, al menos consciente o explícitamente. Si ella en efecto se acercó a mí con mejores intenciones de las que yo creía, yo estaba echando globos mirando para el techo.

A este desconcierto se suman otros casos. O. es compañera de uno de los equipos de fútbol; fresa a todo dar, es decir, niña absolutamente delicada, sin visos visibles de tortez (salvo quizá por las uñas cortas, pero ¿quién tiene un manual para esto?). Habla uno con ella y parece que es la inocencia en pasta, incluso pega un alarido salido de Sailor Moon cuando pierde el balón. Dado que la manía feisbuquera tenía que contagiarme, y que las comunicaciones de los equipos se han trasladado a los inbox del féisbuc, ella es una de mis contactos virtuales. Y como uno puede chismosear la vida de los otros, di click en la página de información. Todo seguía siendo fresa, rosado, maraviloso, hasta la sección "programas favoritos": The L word, The Ellen Degeneres Show, South of Nowhere, ..... Volví a mirar. ¿Sí era ella? Fan de radios para la comunidad LGBT, miembro de grupos LGBT. Quedé ojiplática. ¿Ella? Pero cómo. Cada vez que me la encuentro la miro; me pregunto: ¿pero de dónde? ¿Dónde está ese feeling, ala? ¿Será un interés meramente investigativo? ¿Seré yo, maestro?

Compañera de otro equipo de fútbol. Linda. Hermosa. Cuando la conocí no lo dudaba. Ella hacía parte del clan. Luego conocí al novio; pensé, "tantas veces lo he visto, me ha pasado; esperemos". Luego, conocí cuán enamorados estaban, lo que ella lo quería y lo que él la quería, y me dije "bueno, las apariencias engañan", y concluí que mi radar era de poco fiar. Olvidé la historia. Hace un tiempo, me buscaba, me invitaba. Yo permanecí silenciosa y atenta. Pero las señales de nuevo fueron poco claras, turbias como agua de río crecido; pensé que era más el ruido de las piedras, pero B. la vio y dijo "se me reventó el radar". Por el momento, tengo el radar dañado, o sencillamente todas no se pueden pescar. O casi ninguna. Son tantas, tan diferentes, y hay otras que despistan tanto, tanto que va a tocar ponerle "turbo" al gaydar y comprarle un seguro de accidentes.



jueves 20 de agosto de 2009

Mujer leyendo (Biblioteca)

Admirar es el verbo
que dice en su doblez
lo que despierta en mí tu quieta pose.
Esa misma doblez está en tus pechos
porque elevas el libro y lo sostienes
juntando bien los brazos, plegando la atención.
Me tienta imaginar el personaje
al que estás abrazando, en qué adjetivos
prefieres detenerte. Me entretengo
calculando la pausa, la cadencia
con que pasas las páginas: sonrío
al comprobar que eres una lectora lenta,
con rodeos de asombro o de pregunta.
Quién pudiera de ti recibir esos ojos
con el mismo deseo, con idéntica hondura.
Eres lo que hace falta. Belleza meditando.
Carne con su temblor y su sintaxis.
Ese lugar en que la inteligencia
y la sensualidad se hacen un nudo.

(Andrés Neuman, "Faros". Década)



sábado 15 de agosto de 2009

Providencial





Providencia. En el mapa de Colombia, el recuadro superior izquierdo con otras dos islas, San Andrés y Santa Catalina. Uno piensa: esa isla queda más cerca de Nicaragua que de Colombia. Olvidada hasta los años cincuenta, cuando el dictadorcillo Rojas Pinilla decidió hacer de la isla más grande, San Andrés, puerto libre. El comercio se disparó, los vendedores de electrodomésticos viajaban todos los meses. Sólo allá se conseguía lo mejor, lo más barato. Providencia y Santa Catalina (la isla más pequeña de las tres) se mantenían un poco al margen del asunto. Sin embargo, el paraíso comercial de San Andrés se vino en picada con la apertura económica de mil novecientos noventa y uno. Sí. Lo que se conseguía allá ahora también se conseguía acá. ¿Para qué viajar a buscar cucos finos si ya se podían comprar en "tierra firme"? Sin embargo, la isla grande se mantuvo a flote jugándosela por el turismo.

El aeropuerto de San Andrés, es de todas formas, un miniaeropuerto; es como la terminal de buses de un pueblo: el aeropuerto de Bogotá (que también es diminuto y absurdo) llevado a su mínima expresión. Pero si usted pensaba que eso era pequeño, hacía falta llegar a Providencia. Una pista que ocupa quizá un cuarto de la isla. Una sala de espera al aire libre; dos oficinas y una cuatrimoto que lleva las maletas de un lado al otro. Despójese. No pida nada.



A usted le espera una isla montañosa, volcánica. Verde. Empecé a rebuscar en mi mochila las sandalias. A usted le espera, y no crea que le estoy vendiendo la isla, salir a caminar y encontrar mangos dulcísimos en el piso; como son propiedad pública, allá como en otros pueblos -sé que pasaba lo mismo en los años de infancia de B. en Valledupar-, usted nomás agarra el que más le plazca y se lo come.

Arrecife de coral. "El tercero más grande del Caribe", me decía Tony. O Sonny, o Ronny, la verdad nunca le entendí bien el nombre. "Yo quería ver tortugas" decía una francesa mientras agitaba sus zancas inmensas en el agua y se ajustaba la máscara de snorkel. No vimos tortugas, mal que le pese a la francesa. Pero nunca había nadado tanto tiempo tan lejos de la orilla mirando hacia abajo y sin notar que afuera, en el aire, en la orilla, arriba, estaba cayendo un aguacero espantoso. Me di cuenta porque la superficie del mar se veía picada por agujas. Torpe. Y porque el mar se ponía un poquito torrencial. La francesa decía "me quiero devolver ya". Pero era mejor seguir y terminar que devolverse. Los peces no parecen inmutarse por esas cosas. Ellos si acaso lo miran a uno. "Torpe", piensan. "¿Qué es lo que busca acá?". Y uno como un bobo batiendo manos y pies, respirando por un tubo, con un plástico sobre los ojos para poder ver. Con plástico en los pies para avanzar más rápido.


Ellos dicen "sí, yo he estado en Colombia". Tienen cédula colombiana, sí. Reciben clases de español (pocas a la semana, inútiles); también tienen otro sistema de identificación como habitantes de las islas. Pero a alguien de Providencia no le gusta que lo asocien con San Andrés. Es lo mismo que pasa con los colombianos y los ecuatorianos; o los ecuatorianos y los peruanos. O los panameños y los colombianos. "En San Andrés todos te hablan en español", me decía el dueño de un locutorio, "café internet", al que fui a acompañar a F., que necesitaba enviar unos correos. Como él se demoraba y yo me aburría, decidí hacerse la charla al hombre. Mr. Archibold había estudiado en Medellín. Su español era fluidísimo. Pero no todos hablan español, y tener cédula colombiana le ha traído problemas a más de uno. No se sienten colombianos. Y yo entiendo. Hablar español es también dejarse vulnerar las costumbres, para algunos. Otros sencillamente no lo necesitan. Mr. Archibold resultó siendo el trombonista de la Banda de Providencia, ingeniero calmado que esperaba que finalmente conectaran a las islas con fibra óptica submarina para poder tener un internet diferente. "Muchas veces me siento como si estuviéramos en los noventas". Días después, me dejó un cd con música de la banda y otras delicias sonoras de por allá. Yo exigía un recuerdo y este señor fue amable y condescendiente con la cachaquita fastidiosa que le pedía música.





En otra ocasión, mientras caminábamos por ahí, otro isleño me decía "es cuestión de pasar cuatro horas acá; te das cuenta en seguida que lo que se vive acá no tiene nada que ver con lo que pasa en Colombia". Yo ya había pasado de morena sin asolear a morena oscura. De esas cosas que uno se da cuenta cuando se baña para quitarse la sal del mar. Pasábamos por la base naval que puso al Armada colombiana en la isla. "Son siete meses de vacaciones para ellos". "Sólo buscan sol, trago y marihuana". "Las natural herbs", me decía el hombre. "Hay días en que yo me levanto y digo, '¿qué voy a hacer hoy?'. We all gotta make a livin', man". Y los ven a los marinos rascándose la panza mientras ellos buscan qué hacer.
"Falta de oportunidades", me dijeron varios. "Sí, podemos pescar, cultivar cosas; pero muchas otras no conseguimos. Y entonces importamos de Costa Rica, de Panamá". "La vida es cara teniendo que importar tanto". Y va uno a ver y sí. "Cuando fui a Colombia", me decía, "había muchas frutas y verduras". "Eso no se ve mucho por acá". Sí hay, pero no tantas. Y lo importado es barato a veces -el trago, las papas fritas, las sopas Campbell- pero caro las más.

Hablé, hablé, hablé como nunca. Cuando era niña niña, niña chiquita, presentaban un programa sobre las islas los sábados por el canal "cultural", el canal once. Y presentaban a las abuelas hablando acerca de los platos típicos; hablando de la estadía del pirata Morgan en las islas. Presentaba grupos tocando mento, calypso, mazurcas. Estar allá, le dije a uno de los chicos con los que hablé, era en buena parte cumplir un sueño de la infancia. Comer ese cangrejo que veía que preparaban por la tele. Pasar por el puente que une las dos islas pequeñas. Intentar darle la vuelta a la isla en una bicicleta frenada y tener que bajar a una playita a descansar (la vida es tan dura a veces). Estar sola e intentar despejar el desastre. Esto sí no era un sueño de la infancia, más un sueño de los últimos meses. Pero sueño de la infancia sí fue ver la barracuda mítica a la entrada del puente. Bailar una noche con algunos. Oír, no juzgar. Ir en la parte de atrás de una camioneta de platón en la noche, avanzando entre el olor de los mangos que saludan desde las aceras.




viernes 7 de agosto de 2009

Es un problema de exposición [escrito en estilo élfico trascendental]

Llevo cayendo y recayendo en cuenta de eso. Mi problema, "el problema", es de exposición. Antes, antes de salir de viaje estos días, antes de tener tiempo para estar realmente sola, anulada, hecha una con el sol y preocupada sólo por los mosquitos, me estaba desgañitando a sabiendas de que no iba a lograr nada. El problema era de exposición; no sabía ni qué decir ni cómo. El resultado, nefasto. Juego un juego de duelo; me duelo porque veo que los demás, sí, allá, sí, ellos, avanzan. Juego un juego de duelo por los duelos que sé que valen la pena dolerse y por otros que me dolieron y quería que me siguieran doliendo. ¿Es que uno se aferra al dolor como signo, última brizna, de eso que pasó y que fue tan bueno?

El problema antes era de esa exposición. El problema ahora es de sentirme expuesta, es decir, de esa otra exposición. Exposición porque todo eso que dije, y que no sabía decir, quedó grabado. Noches enteras; conversaciones aquí, teléfonos timbrando, invitaciones a tomar café. Confesiones con más copas de las necesarias. Mi historia personal, ese dolor que era queja para mí o que tenía a quién llegar y era un solo destinatario, está estallada. Es como si no tuviera control sobre ella. Y cuando uno sabe que le han visto el lado flaco, que se han aferrado a él y han comentado todas sus peculiaridades, pues, hombre, hay que hacer como esos países orientales que se cierran a sí mismos para preservarse. Completar lo que hace falta; cerrar acá y allá.

Al diablo con la compasión, con el "sentir con el otro". Hay que cerrarse, ya que todos somos tan egoístas. Y qué mejor manera de preservar eso íntimo de uno que hacer un post con ello.

El problema es de exposición; ¿a quién le gusta sentirse vulnerable?



martes 28 de julio de 2009

Me fui

Necesitaba vacaciones. Estaré en la playa, if you need me. Nos vemos el domingo

lunes 20 de julio de 2009

Cómo anda la noche

Vuelve a llover. Mañana globos de tres mil millones de pesos colombianos se alzarán por encima de las calles de miseria bogotana. Batiremos nuestras manos -damas gentiles- a los pilotos extranjeros que cruzan nuestro cielo emancipado. Los pilotos se llevan el dinero de los impuestos porque queremos celebrar nuestro día de Independencia. Atravesarán los barrios de las prostitutas, los ministros; girarán, rozarán los cerros con el piso de sus canastitas. El Señor caído del cerro de Monserrate alzará su vista llena de lágrimas y se acomodará la corona de espinas para darles el recibimiento que se merece.
Los globos darán la vuelta y pensarán que esta ciudad es grande y color ladrillo. Cruzarán el aire de muertos de décadas. Las tumbas verdes agradecerán la sombra inflada que pasa por encima de ellas.

La imagen de Bolívar nunca estuvo tan alto, nunca viajando tan rápido, llenita de helio.