lunes 19 de octubre de 2009
Es que uno nunca deja de ser niño
miércoles 14 de octubre de 2009
"Ah, ¿y es por eso que no te gustan ni los tacones ni pintarte la boca?"
martes 6 de octubre de 2009
Cumplimos diez mil (o esas cosas que no me imaginaba)
miércoles 30 de septiembre de 2009
Amor a primera vista (Biblioteca)
Amor a primera vista
Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.
Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,
una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,
que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.
Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?
Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.
Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.
(Wislawa Szymborska, "Fin y principio")
domingo 27 de septiembre de 2009
Uno siempre escoge (o el post de los hombres)
Las heterosexuales y los hombres; las lesbianas y los hombres; las bisexuales y los hombres; las eternas indecisas y los hombres. A primera vista pareciera que la relación con ellos, dentro del espectro diverso, es turbia y tensa.
A varias conocidas, parejas, les he escuchado que sus relaciones no son como las de los hombres con las mujeres. Que no se tratan entre ellas como las tratan los hombres. Y me quedo pensando: uno hace cosas dignas del más vil de los machos trogloditas. O las piensa. O las hizo. O está en riesgo de hacerlo. No somos tan nobles, no somos tan tranquilas. Sí creo, en todo caso, y creo por lo que he visto y sentido, que las relaciones entre mujeres tienen un plus, tienen algo diferente. Obvio, sí, son dos mujeres. Pero de ahí se desprenden una serie de sutilezas, tipo “no siempre soy yo la que la pasa a buscar; la que espera; no siempre soy yo la que la abraza por las noches; no siempre soy yo la que se encarga de las mismas tareas; no siempre soy yo la figura que da tranquilidad; no hay una figura de autoridad y protección; nos la damos juntas, por partes iguales; no hay nada dado por hecho”.
Hay quienes dejaron de tener amigos hombres. Otras los desprecian porque los creen simios huecos que orinan siempre por fuera de la taza o seres hormonados que olvidan el mundo por un par de tetas que pasan. Cabe decir que en muchos casos la chica que no gusta del sexo masculino, en ninguna acepción del verbo “gustar”, puede tener razón. Y de un piropo ofensivo en adelante, cualquier cosa puede aumentar los niveles de intolerancia. Yo sigo teniendo amigos, sigo hablando con hombres y aquellos, pocos, sí, son cada vez menos los que quedan, son sensibles y, para qué pero se puede hablar con ellos. No les tengan miedo, chicas. ¿Quién no se ha enloquecido con una cara linda, un lindo trasero, pregunto yo? Que tire la primera piedra.
Pero este post no era una defensa del sexo masculino. Sigo creyendo que la mayoría de los hombres que entablan algún tipo de relación con uno, que lo buscan y lo “cuidan”, quieren cuento. Luego se dan cuenta de que no, y dejan de llamar o de pasar, o lo que sea. No conozco un solo caso en el cual una relación de amigos haya permanecido tan "firme" después de la “notificación”, léase el “tan lindo, pero es que tú no eres lo que me a mí me gusta”. Y digo, en casos en los que nuestra chica creyera efectivamente que era una buena amistad, cultivada, sin mucho viso de echada de perros.
Pero hay algo con el referente “hombre”. Con el status de feminidad que otorga que un hombre se fije en una mujer, cualquiera que ella sea, sea lo que sea que a ella le guste. En una charla reciente, una chica me decía que había intentado tener algo con hombres después de un par de chascos con las bien amadas. Era algo así como una revancha; le quería cobrar a las mujeres todo lo mal que le habían hecho pasar. Quería probarse que todavía podía “levantarse tipos” (conquistar hombres). Lo más importante: podía confirmar que seguía siendo “mujer” para ellos, es decir, atractiva, pero no sólo para ellos, sino para ella también: para la humanidad. Para traerlo acá a estos pagos, confieso que hice esa jugada también (hace tiempo, menos mal), y no hay día en que no me deje de arrepentir -las consecuencias fueron más o menos horribles para mi relación-. No me sentía tan “mujer”. Y fui a ver si me levantaba un tipo.
Ahora me hace sacar una sonrisa la historia, pero seguirá siendo nefasta. Es como si sólo con un referente realmente “calificado” se pudiera uno probar que “todavía funciona”, que no se ha corrompido tanto de tanto andar del otro lado de la acera, donde ¿lo lindo que uno sea no importa?
¿Qué es lo que pasa ahí? Y es que no es la primera vez que me encuentro con una de estas maniobras de “me voy a probar que todavía soy ‘mujer’ ”, es decir, voy a levantarme a un man. Está mi triste historia y está la de otro par de chicas. ¿Otra mujer no es un juez de feminidad sólo porque te puede aceptar con un gordito aquí, otro allá o si no tienes lindas piernas, etcétera, etcétera? (Te querrá más si tienes lindas piernas, seguro). Es una cuestión cultural, como todo, sí. Ante lo raro, ante lo que me exige inventar, dar nombres, jugar, vuelvo a lo establecido. La recurrencia de historias me tenía perpleja. Y no eran las historias, eran los términos en que se contaban.
Alguien con toda razón puede argumentar que estas historias hacen parte de los trastabilleos propios de todo acomodamiento en un sitio. Que mi círculo es todavía joven como para haberse acoplado a gusto. Pero es eso y un poquito más. Es que incluso estando acomodadas, hay casos en los que se sigue buscando una aprobación que se sabe, silenciosamente, con miedo, que no funciona; que no es. Pero se acude a ella como certeza en vez de tomarse el trabajo de construirla. Quizá ni siquiera se concibe que se pueda construir algo.
Quizá uno no se da cuenta de que siempre tiene que construir, sea lo que sea que haga. Y que también puede escoger los materiales con los que construye. Y no va solamente para las mujeres que buscan tipos para sentirse más mujeres, sino para todos aquellos que deciden meterse en la vacaloca de una relación, o para los que se devanan los sesos pensando “qué pasó”; o los que están felices solos. Va también un poquito más allá de la zona amorosa de la vida, pero no es un grito anárquico anti-convención.
Después del par de corrientazos de las historias que he escuchado esta semana esto es todo lo que puedo concluir: hay que poner la luz encima de lo cómodo que uno se siente a veces jugando con los roles amorosos, políticos, fraternales preestablecidos (“no funciona mi Estado pero yo no puedo decidir”; “la mujer es débil y debe ser protegida y atendida por el hombre, todopoderoso, más grande y más fuerte” -en este caso, me decía la chica, ha visto disminuir la capacidad de acción, de decisión y de compromiso que su amiga tenía cuando no tenía novio sino novia-). Ver si en realidad funciona, o uno cree que debe funcionar solito porque se acomodó a lo que ya existía, eso que hiede a lugar común: lesbianas que a fuerza de costumbre dejaron de ser mujeres; viejos que a fuerza de ser "los abuelos" perdieron toda voluntad de expresar que aún son agentes de deseo; políticos que se vendieron a la marea del mercado del escaño; hijos que a fuerza de golpes aprendieron a ser devotos de sus padres; mujeres que por estar con hombres se volvieron brutas e incapaces; hombres dominantes, que al jugar a proteger restringen las tomas de decisión de sus parejas. Uno escoge, uno siempre escoge lo que quiere.
viernes 18 de septiembre de 2009
Tania Bruguera o el arte inteligente
Hace tres semanas la Universidad Nacional de Colombia organizó, en conjunto con el Instituto hemisférico de performance y política y el Ministerio de Cultura un encuentro de discusión y debate de las prácticas performáticas. Durante los días en los que se realizó el encuentro hubo de todo en el campus. Hombre de traje parado en medio de la plaza central gritando “Yo soy un hombre normal”; conferencias de grandes y medianos artistas. Debates sobre las fronteras del performance en Colombia. Mucho sol. Mucha gente vestida raro, mucho artista wanna be jugando a hacerse el diferente. Eso y cocaína.
Valga decir que no asistí a ninguna de los eventos programados, no porque el performance no me interese, pero casi. Apenas me parece curioso. Lo presumo como una práctica inteligente por lo efímera. Y por lo efímera hace que pierda interés en ella. Tendré un gusto muy clásico, pero me atrae más esa idea de la de obra de arte que nunca se acaba; en la que cada nueva aproximación provoque algo. En la que todas las fuerzas emotivas y mentales tengan que ponerse en funcionamiento. Esto no quiere decir que siempre busque un arte que rete; antes, un arte que rete sin sentir que uno está siendo retado. Me gusta esa imagen clichesuda del “abandono de uno mismo” para encontrarse con uno mismo en ese espacio cerrado y único de la obra de arte. Para dejarla tranquila y luego volverla a ver. Disfruto también de lo que está hecho para acabarse, como un paquetito de papas fritas, pero no es lo mismo, no me "toca" tanto.
Un performance es limitado. Está pensado para serlo. De hecho, funciona como un anti-arte. Es un no-arte. Los medios que se usan en los performances tienen un poco de todo. Un poco de puesta en escena, un poco de danza, un poco de música, un poco de video. Sus materiales lo conforman y no, pues pueden despedazarse, romperse, inhalarse. El performance, como una buena parte de las prácticas artísticas del siglo veinte es una práctica del gesto. Gesto de hacer cuadrados de colores en el lienzo; gesto de la Marilyn mil veces reproducida. Gesto de ese artista plástico que envolvía los grandes monumentos de la cultura gringa y occidental en plástico (Christo). Ese gesto choquea a los espectadores; los espectadores son integrados en el gesto. Y quien termina formando parte del performance nunca fue compelido a ello. Pero el gesto sucede en el tiempo, como la música. Después de que sucede ¿es como si no hubiera sucedido nada? Sí y no. El arte puede cambiar a la gente tanto como no puede; muchos de nosotros conocemos personas que se volvieron más mezquinas y ruines entre más leyeron y más cultas se volvieron. Pero no era eso a lo que iba. A diferencia de la música, nunca iría a ver una cinta que recopilara performances como sí vuelvo a poner esa canción; como sí busco ese scherzo para oírlo (si hablamos en los términos de la gran cultura). Y si he estado involucrada en un par de performances ha sido mero azar, aunque azar afortunado.
Pero era la palabra “Cocaína” la que me estaba empujando a escribir, que este texto versa sobre un escándalo y no sobre los alcances del gesto artístico.
"Tania Bruguera". Al que no le suene quién es y le guste el performance tiene el gusto chiviado. Yo, chiviada, me enteré de que era una artista, y una artista polémica, recién pasó todo. Supe que en la Bienal de Venecia había jugado a la ruleta rusa con una pistola. Y supe que en el performance en la Universidad Nacional había organizado una suerte de conversatorio con víctimas y victimarios de la violencia. Las fuentes son contradictorias en decir si en efecto eran víctimas y victimarios o actores que se hacían pasar por ellos. Esto cambia significativamente el gesto. El performance-conversatorio avanzaba con el tedio profundo de quienes ya no se aguantan que hable un paramilitar más, un guerrillero más, una víctima más. De pronto, aparecen tres bandejas con líneas de coca. “Me dijeron que además de todo era re-fina”, contaba D. Hasta ahí llegó el conversatorio. Al son de la coca algunos invitados esnifaron. Tanto, que se acabaron las bandejas. ¿Alguien se acordó de los victimarios, de las víctimas?
No podría decir con exactitud qué pasó. Las versiones son encontradas. Las autoridades oficiales dicen que el performance se canceló. Otros dicen que simplemente se disolvió porque se acabó la nieve. Unos dicen que mucha gente se salió “indignada” del recinto. Otros, que la gente olió aprovechando que era gratis. Y se abre entonces la polémica. Cocaína en una muestra de arte dentro de una institución académica. Que los artistas son todos drogadictos. “Que estaban repartiendo coca en medio de una obra de teatro”, leí en los comentarios virtuales sobre la noticia en un periódico de acá. Cuando entrevistaron a la ministra de educación al respecto dijo que le parecía “raro”, pues usualmente la venta y el consumo de estupefacientes se hacía de forma clandestina, y en bajas dosis. En suma, parece que nadie sabe de qué se está hablando.
Tampoco sabría decir si lo que hizo Bruguera es “correcto” o no. Trae líos legales, sí, porque incitó al consumo dentro de una institución que no lo tiene permitido. Las autoridades colombianas amenazaron con mandarla a la cárcel. Pero como esto es Colombia, y ella es Tania Bruguera, ya nos olvidamos del asunto. En cuanto gesto me parece brillante, más allá de que su fama como “artista” la haga a través de los escándalos que estos gestos generan (lo mismo podría decirse del difunto desfigurado Michael Jackson, y qué hay de malo en ello). Y me parece brillante porque la reacción de nuestra criolla audiencia es sintomática de nuestra cultura, casi como de resultado esperado de laboratorio. Se supone que el conflicto armado colombiano es producido por el narcotráfico. Se supone, además, que los colombianos de bien son sensibles ante el dolor de las víctimas (especialmente si son secuestrados). Y que aquí nadie consume, que todo lo que se produce se consume afuera.
El gesto de Bruguera es brillante porque sin decir ni una sola palabra, incluso poniendo figuras “de mentiras”, alegorías del conflicto, derrumba el supuesto. Acá sí consumimos. Sí vendemos nuestro dolor al primer goce gratis que se nos atraviese, y nos da vergüenza sólo cuando salimos oliendo en el noticiero. Le echamos la culpa a ella, qué duda cabe, ella fue la que llevó la coca. Pensamos que con las lucecitas bajas nadie nos iba a ver la cara inclinándose torpemente hacia la bandeja de vidrio mientras en el fondo alguien contaba una historia que no nos interesa. Nos quejamos como plañideras pagas por una guerra que pensamos unilateral, de un solo agresor, y la coca más fina y más barata nos "traiciona", porque nosotros no nos traicionamos a nosotros mismos.
El gesto es inteligente porque hace estallar el síntoma, y deja libre al artista, que se va a otro lado a armar otro problema.
