martes, 14 de junio de 2011

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"Un corazón comprensivo" (Biblioteca)

La gran Hannah Arendt clama por un corazón comprensivo, un corazón que fuera más allá de la mera reflexión técnica, de la comprobación fáctica, de la deducción de la lógica pragmática. Un corazón comprensivo, tal vez sencillo, que no se deje deslumbrar por la idea de la causalidad como milagro; que no se venda a los cientificismos. Cuando leo a científicos sociales afirmar que el mal del campo social está en los deseos de los humanistas de escribir prosa libre, ensayos subjetivos, en vez de dar cuenta de fenómenos precisos, cuantificables y verificables; cuando dicen eso, tiendo a pensar que ese conocimiento, aunque útil, es vacío.  Es decir, me genera un gran malestar. Muchas veces las pilas de datos, los informes, los avances en la ciencia del comportamiento del individuo no son más que autorreferencialidades autocomplacientes (qué par de palabrotas). La comprensión, más que el conocimiento de un objeto, no puede medirse en términos de productividad. Y es curioso que las ciencias sociales hayan llegado a ese punto, en el cual si no se tiene un "método de investigación" y un "sistema de tratamiento de datos", no se está investigando, no se está inquiriendo por el ser. Qué pesar.

Antes que conocer, comprender, y conocer no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta que lleve a la comprensión. Quizá nunca antes había reconocido cuán necesario es tener un corazón comprensivo (ojo, que la Arendt no habla de una "mente" comprensiva, sino que busca un sustantivo más cercano, porque está pensando en la necesidad de atender al lenguaje de todos los días (que viene siendo el mismo de La Biblia). 

Ante la rigidez, deseo un corazón comprensivo. Y lo deseo para comprender y poder vivir el mundo en el que vivo. Para eso, no para ser más eficiente.

«La comprensión, como tal, es una extraña tarea; a fin de cuentas, no puede hacer más que articular y confirmar lo que la comprensión preliminar -que siempre está, consciente o inconscientemente, comprometida directamente con la acción- había presentido al inicio. No sólo no huirá espantada de este círculo; por el contrario, será consciente de que cualquier otro resultado estaría tan alejado de la acción, de la que es la otra cara, que no podría ser verdadero. En este proceso, tampoco evitará el círculo que los lógicos denominan "vicioso" y que, a este respecto, puede incluso ser algo similar a la filosofía cuyos grandes pensamientos siempre giran en círculo, ocupando al espíritu humano en un incesante diálogo entre sí mismo y la esencia de todo lo que es.
En este sentid podemos todavía aceptar la antigua plegaria a Dios del rey Salomón -que ciertamente algo sabía de la acción política- para que le fuera concedido un "corazón comprensivo", como el mejor de los dones que el hombre puede recibir y desear. Lejos de todo sentimentalismo y de toda rutina, sólo el corazón humano puede asumir la carga que el don divino de la acción -al ser un comienzo, y, por ello, capaz de iniciar- ha colocado sobre nosotros. Salomón pedía este don en particular porque, siendo rey, sabía que ni la pura reflexión, ni el simple sentimiento, sino sólo un "corazón comprensivo" nos hace soportable el vivir un mundo común, con otros que siempre son extraños, y nos hace asimismo soportables para ellos.
Si queremos traducir el lenguaje bíblico a términos más familiares (pero difícilmente más precisos), podríamos denominar al don de "un corazón comprensivo" la facultad de la imaginación. A diferencia de la fantasía que inventa algo, la imaginación se ocupa de la particular oscuridad del corazón humano y de la peculiar densidad que envuelve todo lo que es real. Siempre que hablamos de la "naturaleza" y la "esencia" de una cosa, nos referimos, de hecho, a este nudo muy íntimo de cuya existencia no podemos estar tan seguros como lo estamos de su oscuridad y su densidad. La verdadera comprensión no se cansa nunca del interminable diálogo y de los "círculos viciosos" porque confía en que la imaginación aferrará al menor un destello de luz de la siempre inquietante verdad. Distinguir la imaginación de la fantasía y movilizar su poder no significa que la comprensión de los asuntos humanos devenga "irracional". La imaginación, al contrario, como dijo Wordsworth no es sino un nombre para [...] la más clara de las visiones, la amplitud de espíritu/ y la Razón en su más clara disposición"».
                                                                                                           ("Understanding and Politics")


lunes, 16 de mayo de 2011

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De estar y de quedarse

Viví en la misma casa más de veinte años. Me mudé, viví fuera del país, volví. Me quedé; me mudé a un apartamento. Dejé por siempre mi casa de la infancia.

Quienes la compraron la van a derrumbar y van a hacer un edificio. Mi casa de estilo inglés, mi casa marrón con blanco, con jardín, mi casa de rejas blancas, mi casa, mi casa de dos portones. Mi casa tenía más de quince espacios habitables, dos cocinas, muchos baños, muchos patios, y yo solía andar en triciclo por ambos pisos y rayar el piso de madera. Por el ruido de las tablas uno sabía cuándo quien llegaba era papá o mamá: el peso de los pies, el tiempo que se demoraban en levantar un pie y poner el otro; el sonido de las llaves en la puerta de madera, el carraspeo de mi papá, la queja de cansancio de mi mamá exhalada a mitad de la escalera.  Los días subsiguientes a la muerte de papá yo todavía oía crujir el piso de madera, tipo ocho de la mañana, la hora en la que se alistaba para irse a la universidad a dar clases. Y a mediodía sentía el ruido de las escaleras. Luego me acostumbré a que ya no estuviera. Mi hermano, el pianista, tenía su instrumento en una sala sin muebles en el primer piso. Todo el día había música, y llegaban músicos a tocar a la casa. El trombonista, el flautista, los cantantes. Todos se sentaban a la mesa.

Mi casa, mi casa va a ser un edificio de cinco pisos de mal gusto.

A esta casa también le tengo afecto, amo este pequeño apartamento: al edredón rojo de la cama, al olor a madera de los estantes de los libros; a los gatos que duermen en los rincones. Al sonido de las teclas de los compus trabajando todo el día. A pararme y cocinarte algo rico para el almuerzo. A ver pelis juntas, o a leerte en voz alta. A ir a comprarte libros para niños, y que me mires alborozada porque sabes que vas a llevar el que más te gusta. Porque ésta es la vida que quiero, la que merezco, la que construyo todos los días con mis rabietas del trabajo. Y ésta es la casa que quiero para mí.

lunes, 7 de marzo de 2011

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Bobadas de la vida diaria

Embotada y  embodada como estoy con las obligaciones de la vida diaria, no me había detenido a mirar que los amigos de Telmex, uno de los pulpos de Carlos Slim, empresa a la que estoy suscrita por error (falsas tarifas bajas, etc.) me trató hoy con una deferencia nunca antes vista. Me dijeron "apreciable":



Hasta el día de hoy, yo había sido "apreciada" y "querida" para las empresas a las que les pago servicios, pero nunca "apreciable". ¿Qué me estarán apreciando, desde donde me están apreciando? ¿Soy, al fin, digna de ser apreciada?

jueves, 10 de febrero de 2011

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Un gato reflexivo

Otto, shanti, shanti. Cuando todo se tambaleaba, Otto se acercó, se dejó acariciar.  Me calmó.
Y después de un rato de verlo, uno sólo siente la paz de la casa que ama.

viernes, 28 de enero de 2011

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Sobre lo que tiene ser zurdo

Me he sentido muy zurda dos veces en la vida: la primera, cuando mi papá me vio amarrarme los cordones de los zapatos. Se quedó mirándolos y me dijo: "pero hija, los amarraste al revés". Y luego continúo con un "ah, pero es como eres zurda; no importa". Yo quería atarme los zapatos como todo el mundo, pero está visto que no se puede.

La segunda vez fue cuando intenté usar una pluma (pluma fuente) por primera vez. Le rompí más de cinco puntas a los estilógrafos de mi papá, que nunca usó lapiceros. Alguna vez, cuando ya estaba visto que esto de las letras y los papeles y los lápices me gustaba, me regalaron una pluma para niños. Muy contenta, la empecé a usar. Terminé con la mano llena de tinta y un borrón en el papel: como escribo con la mano apoyada sobre el cuaderno, o la hoja, siempre arrastro la tinta del esfero. Por esa razón, siempre, hasta hace más bien poco, hice apuntes y escribí con portaminas. Pues bien, con esos malos recuerdos nunca más había tocado un estilógrafo, hasta hoy: decidí regalarle a E. la pluma con la que mi papá escribía todos los días (de todo, cuentas y estructuras químicas, entre otros); en la mañana le compré un par de cartuchos y pasé buena parte de la tarde escribiendo tonterías para que la tinta vieja aflojara y el mecanismo funcionara. 

Sigo escribiendo tan mal como antes; no sólo porque la pluma me obliga a escribir en una posición muy incómoda, sino porque no parece diseñada para el movimiento que hago (o algunos no-diestros) con la mano para trazar las letras. Todo esto me condujo a pensar, ¿habrá plumas especiales para zurdos?



domingo, 23 de enero de 2011

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De las extrañas coincidencias de mi nuevo hogar

La culpa la tiene, sin duda, esa amiga argentina que me mandó un paquetico con libros como regalo de navidad; ella y Arturo Carrera; o, más bien, ella, Arturo Carrera y mi novia.

Llego por la tarde al hogar; E. ve "Eat, Pray, Love" con cara de desengaño. Como está muy concentrada, me siento a leer uno de los libros del paquete. Se llama "Noche y día", y es, cómo no, de Arturo Carrera. Llevo tres días absolutamente sorprendida con el libro, con la extraña sensación -que no tenía hacía mucho tiempo- de que algo que estuviera leyendo me estuviera hablando a mí, en presente, a mi vida, a lo que estoy viviendo. Abro el libro, me acomodo, y algunas coincidencias empiezan a pasar. La primera parte del libro se llama "Carpe noctem": piensa mínimamente en la noche"; las otras son "Carpe díem" (íbidem pero con "día") y "Día y noche". Yo, que apenas voy empezando, estoy en las divagaciones autobiográficas nocturnas de Carrera. Todos los poemas de esa sección se llaman igual: Carpe noctem. Leía que Carrera decía:


Pusiste música 
arias de un señor llamado Erik Satie
no escritas nunca pero
memorizadas de pronto: la infancia.




Y aplastados por la muela del Amor;
¿pues qué sería si vos fueras sólo una criatura
y no el túmulo que de noche escondes
secretas penas en secretas canciones?


Mientras, tanto, sin quererlo, en el otro cuarto E. había puesto la primera Gnosienne de Satie. Mi hermano es pianista, y como todo pianista, tocó, cuando era jovencito, las Gnosiennes. Yo, que estoy hoy de un inusual bobalicón ultraepifánico, vi un torpe mensaje en todo esto. Una coincidencia que anuncia algo que no entiendo.

Pero lo dejé así y me quedé dormida.

Hace unos días recordé que quiero tomarle fotos a los pájaros  y que hace poco vi que en algún lugar a las afueras de Bogotá dan un curso de dos fines de semana, mitad de avistamiento de aves, mitad de fotografía de aves. Cuando yo era chiquita quería ser ornitóloga (no quería ser profesora ni bombero, ni nada de eso, no, quería ser ornitóloga); tengo una pequeña guía de aves de la Patagonia pegada al frente de mi escritorio. Cuando desperté, seguí leyendo y me encontré con esto:

[...]
[Puso] una caja con señuelos o silbatos para atraer a los
pájaros. En letras goldoni se leía: OISEAUX.
La caja estaba dividida en seis compartimientos en cuyo
fondo unas etiquetas amarillas exhibían el dibujo a tinta 
del pájaro y su nombre. Por ejemplo: Rossigno philomele
(Luscinia megarhynchos) y abajo encolumnados los nombres


Nightingale
Nachtingall
Nachtengaal
Rusignolo
Ruiseñor común


De nuevo pensé que era una epifanía y, de nuevo, me volví a quedar dormida. "Nunca he visto un ruiseñor", alcancé a decir, mientras dejaba el libro de Carrera a un lado de la hamaca. Sin embargo, ahora un poco más despierta, creo que algo tendrá que estar detrás de todo esto; espero algo, así sea bobo y epifánico.

domingo, 9 de enero de 2011

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Capítulo III [o un retrato de la Bogotá de alcurnia] (Biblioteca)

-No viniste a la misa por tu hermano, mijo.
-No pude, mamá. De veras. No podía.
-Nunca puedes, mijo. Allá tú: te perdiste de una misa lindísima. Monseñor Boterito estuvo inspiradísimo.
-No diga eso, Leonor. Eso es sacrilegio -carraspeó monseñor Boterito Jaramillo-. La Santa Misa es la palabra divina, no me la inventé yo. Qué más quisiera.
-No estoy hablando de la misa -aclaró doña Leonor- sino del sermón. La misa es siempre igual. Me la sé de memorioa.
-¡Leonor!- reprochó monseñor Boterito Jaramillo con voz cavernosa. Parecía que se le fuera a rasgar la garganta de un momento a otro. Escobar se esforzaba por no carraspear involuntariamente, como si el canceroso fuera él.
-En latín, claro- siguió doña Leonor. Y le explicó a Escobar-. Tú sabes que monseñor Boterito me consiguió una dispensa especial del Papa para oír misa en latín. En español me suena de una ordinariez...
-¡Leonorcita!- rió monseñor Boterito Jaramillo, con una risa pedregosa, angustiosa. Ernestico Espinosa intervino:
-Eso de la misa en lengua vernacular es una pendejada, monseñor, reconózcalo. La misa la debían hacer en inglés, que es lo que habla todo el mundo.
-Yo no hablo inglés- dijo Escobar, glacial.
-Pero es que tú tampoco vas a misa, viejito- rió Ernestico Espinosa, ruidosamente. Reía con dientes blancos, perfectos, de dentista.
-Inspiradísimo, Ricardo, con su necrología- afirmó monseñor Boterito Jaramillo.
-Ni-ninguna ne-necrología- corrigió Ricardito. Era una ne-nenia.
-¿Una qué?
-Ne-ne-ne-nenia. Una nenia. Una pendejada -aclaró Ricardito con una sonrisa entristecida, en un murmullo.
-¿Por qué no almorzamos? -sugirió Escobar.
[...]
Doña Leonor ocupó la cabecera, entre monseñor y Ricardito Patiño. El cardiólogo le sostuvo la silla. Monseñor bendijo la larga mesa fantasmal, amortajada en su mantel de lino, donde hubieran cabido veinticautro personas. En su centro, un titán labrado en plata sostenía en sus espaldas un enorme frutero cargado de racimos de bacantes desnudas, como un burdel flotante. En la punta habitada de la mesa relucían cristales, los cubiertos de plata, las alta copas talladas de sorbete de guanábana. Una sirvienta nueva, rolliza y colorada y joven que Escobar no conocía, servía la mesa, deslizándose en silencio entre los muebles de caoba ennegrecida por el tiempo.
-Primero a monseñor -le advirtió con severidad doña Leonor cuando le ofreció la fuente humeante de gnocchis, y la joven sirvienta se ruborizó de golpe-. No aprenden. Ya no quedan sirvientas.

(Antonio Caballero. Sin remedio. Bogotá: Seix-Barral, 1996.

viernes, 7 de enero de 2011

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La peor película de enero

Las cabañuelas dicen que los doce primeros días de enero indican cómo serán los doce meses del año. Si la cosa es así, la suerte está echada para las películas en el 2011. Hoy, seis de enero de 2011, prometo no volver a ver ninguna película de Julio Medem, y lo prometo después de tener que aguantar casi dos horas el desastre de "Habitación en Roma". Dos extrañas se encuentran; una, la latinlover, española y vestida con una camisa a cuadros típica de la imagen de la marimacha, invita a la otra, rusa, delgada, rubia, "heterosexual", etcétera, a su habitación. Es la última noche en Roma para ambas (esta idea de la última noche o el último día, díganme si no, recuerda un poco Before Sunset y Before Sunrise -pero la comparación sólo llega hasta ahí-).

Cada una de las personajes encarna un cliché: la una conquista, atrae y seduce. La otra, durante los primeros quince minutos, repite "lo que pasa en esta habitación se queda acá, ¿sí, por favor, por favor?". Después se dicen secretos de sus vidas que son mentiras pero que son verdades absurdas, como que la española es hija de un jeque árabe y que su madre (la de ella) tuvo que huir para no quedar presa en un harén. En ese punto uno se pregunta cómo la película puede aparentar verosimilitud, más cuando cada vez que se cuentan una verdad íntima, un secreto que es una media verdad, media mentira, las chicas se dirigen al balcón de la habitación y miran al horizonte con ojos perdidos, mientras un viento falso mueve de manera falsa unas flores falsas, por supuesto. Eso está bien para un video de pop, y eso. El espectador debe soportar diálogos como "nunca había sentido tanto amor por alguien en una noche"; o "el sol se ve hermoso en tu cara, en tus ojos en tus labios" (esto mientras la chica mira "con deseo" los labios de la otra).

De inverosimilitudes está lleno el mundo, pero hay cosas que el fenómeno de la representación, propio de arte, no logra sostener, como las apariciones súbitas de un mesero italiano que canta mientras lleva el carrito de comida y que, cumpliendo a cabalidad con su rol de macho clichesudo, les pregunta a las jóvenes si quieren hacer un trío con él.
La aparente timidez de la joven rusa se desvanece cuando se desnuda por segunda vez, es decir, pasados diez minutos; la española resulta casada con una mujer hace diez años, y la rusa, por su parte, se va a casar dentro de pocos días. Es algo así como una despedida de soltera para ese lado oscuro y oculto. Para colmo de males, la española no cesa de ver un cupido que aparentemente le dispara una flecha en el pecho. Es más, Medem tiene el coraje de hacer una escena donde a la chica le duele el corazón y las dos terminan sacándole la flecha del pecho.

Si usted, querido lector, querida lectora, estaba pensando ver esta película y está esperando ver más que dos mujeres en bola teniendo sexo y diciendo incoherencias sensibleras (porque son mujeres y las mujeres son sensibles y no pueden tener sexo sin revelar las intimidades de su alma) absténgase, se lo pido, por el bien de la humanidad. No pierda el tiempo. No vale la pena, ni siquiera, el esmero de la producción en la fotografía: después de diez minutos las sombras y las luces se ven recargadas, y uno quiere un poquito de aire de verdad; de esto no salva, qué pesar, ni la vista de la Roma antigua ni la "luz" del amanecer.